Empezar el año con un concierto seguro que es presagio de un buen año. Mi 2025 empezó con Viva Suecia en el Teatro Real. Y mi 2026 ha empezado con Valeria Castro en el Movistar Arena.
La música independiente, y más de traza folclórica, siempre ha sabido (y sabrá) encontrar su lugar entre los grandes espacios, solo hace falta un público entregado en voz y alma para hacer de esa noche la más especial de nuestras vidas. Algo casi litúrgico, casi teatral. Como decía Federico García Lorca, «El teatro es la poesía que se levanta del libro y se hace humana. Y al hacerse humana, habla y grita, llora y se desespera.» Y así lo hizo, así lo logró, Valeria Castro con su concierto en el Movistar Arena.
En su momento, durante nuestra entrevista con ella, le preguntamos por este concierto y su respuesta fue clara: «Me siento muy honrada y muy feliz. Quiero vivir este disco en directo. Tengo muchas ganas, ver cómo lo abraza la gente y sentir que es colectivo.«
UNA REUNIÓN DE 9000 AMIGOS
Como si se tratase de una obra de teatro el telón blanco se despliega con elegancia de bailarina, el juego de luces y los visuales se despliegan sobre el fondo del escenario. La banda (cuerdas, vientos, teclado y percusión) todos en blanco roto. Una Valeria enérgica, contenta y emocionada abre el show con «la soledad».
La cantante gobierna el escenario con su habitual dulzura, alegría. Danzando, cantando. Vuelve a ser esa chiquita que bailaba en su salón con su hermana. Como bien dijo, lo de anoche en el Movistar Arena de Madrid no era más que una reunión de amigos, una reunión de 9000 amigos. La primera gran ovación vino con una breve intervención: «Aquí estamos, después de todo«, acto seguido más de dos minutos de aplausos y ella emocionada.
He vivido muchos conciertos en este recinto, de todo tipo, de todo género pero nunca he visto tanto amor por el artista. Logrando callar a todo el recinto entre tema y tema. Un respeto, una ausencia de ruido casi teatral, casi de orquesta sinfónica. La gente no hablaba, sólo escuchaba, sentía, se emocionaba y cantaba con ella.

PENSAMIENTOS QUE NO CABEN EN EL LENGUAJE
El concierto que Valeria ofreció en el Movistar Arena fue un perfecto recorrido por su carrera. Algo genial para los fans más acérrimos y más que adecuado para esa gente que la descubrió sobre ese escenario. Gran parte del show, como era de esperar, fue dedicado a las canciones de su último disco, «el cuerpo después de todo». Ese álbum que le ha salvado la vida, ese proyecto que encierra en canciones todos los pensamientos que no caben en el lenguaje y que es todo desgarro y emociones a flor de piel.
También hubo tiempo para canciones de su primer disco, «con cariño y con cuidado»y su EP, «chiquita». Hermosos temas que nos recuerdan que la ternura gana un día más en este juego que es la vida. Espacios de fragilidad y dulzura que llegaron con «cuídate», «culpa», «poquito», «la corriente», «techo y paredes» y «abril y mayo».
UN SHOW IMPREDECIBLE
No hay nada peor que pagar por un concierto que no solo suene a disco sino que sea completamente lineal, sin sorpresas ni juegos. Por fortuna esto no entró ni entra en los planes de una artista como Valeria Castro. Cada canción tenía su propia vida. Hubo grandes sorpresas como el instante en el que avanzó por el escenario una banda de mariachis, doce concretamente, que acompañaron a Valeria en las canciones «debe ser» y «techo y paredes».
Ya lo había visto en directo cuando presentó el vinilo de «el cuerpo después de todo» pero recalcaré que la performance de «devota» guitarra volteada en mano, jugando con los ritmos y las percusiones palma a palma, puño a puño es algo que no se puede describir, solo ver y sentir. Un hechizo, un embrujo de niñas pequeñas como diría la poeta Alejandra Martínez de Miguel en su último poemario «Revelaciones».
La emoción se apoderó de mí durante todo el concierto pero llegó a su máximo esplendor con «guerrera» una canción que Valeria dedicó a toda abuela, nieta, madre, hija; por cada batalla. Para todas las que lo necesiten. La cantó sola, con su parte a viva voz sin microfonia como reza la letra. Se la dedicó a su madre y a su abuela, como siempre hace, como siempre hará.
También destacar el regalo que nos hizo nuestra protagonista cuando cantó un tema completamente nuevo. Una canción que adelantó en sus redes sociales tras el anuncio de su parón para cuidarse. El tema se llama «globo» y nos recuerda desde el centro del corazón de Valeria Castro que que efectivamente el cuerpo no siempre puede con todo.

LAS INVITADAS DE LA NOCHE
En este tipo de shows siempre se pregunta uno como espectador si habrá invitados o invitadas. Y en este asunto Valeria no decepcionó. Primero llegaron Tanxugueiras y cantaron el tema que tienen con Valeria, «Hoxe, mañá e sempre«. Un tema fuerte, divertido, emocional y empoderado que trata sobre las personas que se van pero que, de alguna manera, siguen presentes en los recuerdos para siempre.
SOBRA DECIRTE
Todo lo que empieza acaba y sin darnos cuenta llegó el final del concierto. Valeria Castro finalizó su Movistar Arena con su canción más romántica, con ese «sobra decirte que siempre pienso en ti». Sus 9000 amigos no tenían suficiente, pidieron más y ella respondió. Nos regaló a modo de despedida «dentro», «la raíz» que nos recuerda siempre la necesidad de no olvidar de donde venimos y finalmente (ahora sí, de verdad) con «sentimentalmente» acabó el show, una cumbia que puso a todo el Movistar Arena en pie. Un Movistar arena que vivió su particular revolución en minúscula con la ternura, la fragilidad y la sensibilidad en su escudo de armas en color blanco roto.

Valeria Castro llena el Movistar Arena con ternura y su alma de guerrera
El año se abrió como se abren las cosas que importan: con música y con verdad. Valeria Castro convirtió el Movistar Arena en un espacio improbable donde la intimidad no se perdió pese a las nueve mil almas reunidas. Lo que allí ocurrió tuvo algo de ceremonia y algo de abrazo colectivo: una artista que no se impone, sino que convoca; un público que no consume, sino que escucha. Entre luces contenidas y silencios casi sagrados, su voz —frágil y firme a la vez— sostuvo una emoción compartida que parecía antigua, como si cantar juntas fuese una forma de resistencia. No fue un concierto: fue una habitación enorme donde cabían la ternura, el temblor y la memoria.
El recorrido por su obra se desplegó como un mapa emocional en el que cada canción tenía cuerpo propio, respiración propia. Hubo celebración, sorpresa, duelo y cuidado; hubo mariachis, homenajes inesperados y canciones nuevas que nacían ya heridas y necesarias. Pero, sobre todo, hubo una ética de la sensibilidad: cantar sin micrófono para recordar que la voz también es carne, dedicar canciones a las mujeres que sostienen el mundo, aceptar que no siempre se puede con todo. Valeria cerró la noche dejando una certeza difícil de explicar pero imposible de olvidar: cuando la música se hace honesta, el lugar deja de ser un recinto y se transforma en casa. Y entonces, aunque todo termine, algo queda vibrando mucho después del último aplauso.
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