El pasado 7 de junio se estrenó La última sesión de Freud, una película dirigida por Matthew Brown. Está basada en la obra teatral homónima de Mark St. Germain. Tuvo su premiere española en el BCN FILM FEST fuera de competición, e inauguró el Festival de Saraqusta en Zaragoza.
La última sesión de Freud: Sinopsis
Año 1939. Dos días después de la invasión alemana de Polonia, Sigmund Freud (Anthony Hopkins – El silencio de los corderos, El hijo) recibe en su casa de Londres al escritor Clive Staples Lewis (Matthew Goode – Descifrando Enigma, El descubrimiento de las brujas), donde mantendrán una conversación filosófica que se prolongará hasta la noche.
Afligido por un cáncer de laringe, Freud va a mantener esta conversación atormentado por cruentos dolores que le hacen recurrir constantemente a la morfina. Cuando se le acaba, debido a la situación de guerra, los médicos no pueden acudir. Por ello, se ve obligado a recurrir a su hija Anna (Liv Lisa Fries – Babylon Berlin) que se desvive por su padre.
¿Debate o sesión terapéutica?
Al poco de dar comienzo el filme, se producen sonidos de alarmas. Esto alienta a los ciudadanos a esconderse en algún búnker cercano por la posibilidad de bombardeo. Dentro, vemos el trauma latente de Lewis. Ex-combatiente en la I Guerra Mundial, sufre un ataque de ansiedad en el búnker calmado por Freud.
Desde ese momento, se plantea la duda de si su conversación va más allá del mero interés de debatir sobre la diferencia de ideas o sobre si se está tratando de una terapia, ya que también tratan algunos temas sobre la infancia del escritor, como la temprana muerte de su madre, el distanciamiento con su padre o la relación que tuvo con la madre de su mejor amigo.
Sexo, homosexualidad y religión
A mitad de la película aparece el tema del sexo. Si para Freud toda interacción que conlleve placer es sexo, y ahí se encuentra la felicidad, para Lewis hay múltiples formas de encontrar la felicidad, siendo el sexo una más de ellas. Pero la conversación se trunca cuando hablan sobre la homosexualidad. Mientras Freud trata el tema como cualquier otro afirmando que no hay nada inmoral en ello y que sus opositores/as tan sólo tienen un miedo oculto sobre ello, Lewis, sin embargo, afirma que él lo considera un pecado aberrante, porque así es como lo trata la biblia.
El escritor entiende y tolera el punto de vista de Freud, sobre todo cuando se percata de que la pareja de Anna es una mujer, algo que Freud acepta. El arco del personaje de Anna va más allá, pues en las sesiones de psicoanálisis que le realiza su propio padre, se percata de que quizá sienta que ha nacido en un cuerpo equivocado, dando a entender la naturaleza transexual del personaje. Algo que el propio Freud es incapaz de afrontar.
Con pequeños comentarios también se hace referencia a otro tema candente: el suicidio. Freud comenta que, tras saber que su cáncer es terminal y que el poco tiempo del que dispone será de constante dolor, su vida acabará cuando él lo decida. Para Lewis es un pecado mortal por el cual el psicoanalista se quedará anclado en el purgatorio.
La existencia de Dios
A pesar de que, a lo largo de su conversación, se tratan diversos temas, todo gira alrededor de la existencia o no de Dios. Para Freud, amplio conocedor de la biblia, la vida de los santos, y de diferentes religiones, opina que Dios no puede existir en un mundo lleno de dolor y sufrimiento. El psicoanalista afirma que las creencias religiosas son un escudo evitativo para el afrontamiento de las experiencias traumáticas, porque, al fin y al cabo, todos, creyentes y ateos, somos cobardes cuando se acerca el final de nuestra vida.
Por otro lado, Lewis, sin embargo, afirma que no encuentra nada de patológico la creencia en la existencia de Dios. Él, que nunca fue creyente debido a la muerte de su madre y a una atormentada infancia, recuperó la fe tras el estudio de la biblia, alentado por su amigo, el también escritor, J.R.R. Tolkien. Tras duras reflexiones, Lewis da la razón a Freud en que quizá Dios no tenga poder para hacer que las personas sean felices, o que quizá no quiere hacerlo, no lo sabe. Pero para él la presencia de Dios es latente y constante, casi como un enigma que merece la pena descubrir.
La última sesión de Freud: Conclusión
Tras la apasionante discusión entre ambos personajes, el espectador debe percatarse de que ninguno de ellos ofrece una reflexión conclusiva. Ninguno de ellos tiene la intención de convencer al otro sobre sus ideas. Precisamente, en eso consiste una discusión, en la exposición de pensamientos diferentes para ser debatidos. Será, por tanto, el espectador el que decida, o no, qué argumentos son los que ve más convincentes.
La conversación entre la existencia o no de Dios es fascinante y digno de escuchar atentamente. Mediante elementos del pasado, presente y fantasía, la última sesión de Freud examina comportamientos humanos que han sido tabú a lo largo de la historia.
Su visualización es una experiencia intelectualmente estimulante, que sumerge al público en el diálogo profundo entre estos dos pensadores icónicos. Más que una película, es una experiencia cinematográfica cautivadora.
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