• Mar. Sep 8th, 2026

«Enjambre» el thriller rural de Óscar Bernacer

Hay películas que plantean preguntas y otras que, además, consiguen que esas preguntas se queden dando vueltas en la cabeza cuando terminan los títulos de crédito. Enjambre (Eixam), primer largometraje de ficción de Óscar Bernàcer, pertenece a esa segunda categoría. Bajo la apariencia de un thriller rural, la película construye una inquietante parábola sobre el poder, la libertad y nuestra necesidad —cada vez más desesperada— de encontrar un lugar al que escapar.

La premisa resulta tan sencilla como tentadora. Lluc lo ha perdido todo cuando Alba le ofrece una segunda oportunidad: integrarse en una pequeña aldea aislada, Malpàs, donde un grupo de personas que han quedado al margen de la sociedad convive en aparente armonía. Allí todo parece funcionar. Hay trabajo, comunidad, seguridad, afectos. Un pequeño refugio frente a un mundo exterior cada vez más hostil. ¿Quién no ha fantaseado alguna vez con algo parecido?

Somos animales sociales, gregarios por naturaleza. Necesitamos a los demás para sobrevivir, pero llevamos siglos intentando encontrar la fórmula para convivir sin que unos ejerzan su poder sobre otros. Y mientras nuestras sociedades se vuelven cada vez más desiguales, mientras perdemos intimidad, derechos y capacidad de decisión, la idea de desconectar de todo y echarse al monte empieza a resultar menos disparatada de lo que debería.

Enjambre nace precisamente de esa fantasía de huida. De la posibilidad de empezar de cero, lejos del ruido, del algoritmo, de las pantallas y de un sistema que parece haber convertido incluso nuestra libertad en un producto más. Pero Bernàcer no tarda en introducir la pregunta incómoda: ¿es posible escapar del poder sin reproducirlo en otro lugar?

El paraíso también tiene sus reglas

Malpàs funciona como una utopía rural que poco a poco empieza a revelar sus grietas. El aislamiento, inicialmente concebido como protección, se convierte también en mecanismo de control. Las normas que garantizan la convivencia terminan delimitando aquello que cada individuo puede o no puede hacer. Y la comunidad, que parecía un refugio frente al egoísmo del mundo exterior, acaba planteando un dilema moral mucho más complejo: ¿hasta qué punto estamos dispuestos a renunciar a nuestra libertad a cambio de seguridad, igualdad y bienestar?

La película encuentra en el enjambre de las abejas una metáfora especialmente poderosa. En la colmena, cada individuo tiene una función determinada y trabaja por el bien del conjunto. No hay espacio para la voluntad individual cuando esta amenaza la supervivencia de la comunidad. Todas las abejas forman un organismo superior. La pregunta que sobrevuela la película es tan sencilla como perturbadora: ¿cuánto vale la vida de una abeja obrera?

Y, trasladada a nuestra sociedad, ¿cuánto vale la libertad de un individuo cuando entra en conflicto con el supuesto bien común?

Ahí es donde Enjambre adquiere una dimensión que trasciende su argumento. Porque aunque su historia se desarrolle en una aldea perdida, habla de un presente muy reconocible. De la pérdida de intimidad, del control de la información, de la dictadura del algoritmo, del auge de los autoritarismos y de una tecnología que, utilizada para acumular poder, está transformando nuestra manera de relacionarnos con el mundo.

La vida moderna se nos está atragantando. Vivimos permanentemente conectados y, paradójicamente, cada vez más desconectados de aquello que tenemos delante. Frustración, ansiedad, agotamiento, sobre información. Una sensación colectiva de no llegar a nada mientras seguimos deslizando el dedo por la pantalla. Enjambre convierte buena parte de esas angustias contemporáneas en materia narrativa y las lleva hasta un extremo inquietante: ¿qué ocurriría si realmente pudiéramos desaparecer de todo esto? La respuesta de la película no es precisamente tranquilizadora.

Cuando la comunidad se convierte en control

Porque el problema quizá no sea únicamente el sistema del que intentamos escapar. Tal vez el problema seamos también nosotros. El afán de poder, la necesidad de controlar, el miedo a perder lo conseguido, la facilidad con la que aceptamos determinadas reglas cuando nos prometen seguridad. La utopía puede convertirse en distopía casi sin que nos demos cuenta.

En ese sentido, el recorrido de Lluc resulta fundamental. Su llegada a Malpàs representa la esperanza de una vida nueva, pero también el progresivo descubrimiento de que todo paraíso tiene unas condiciones de entrada y, sobre todo, un precio. Lo que comienza como una segunda oportunidad acaba convirtiéndose en una lucha por recuperar aquello que parecía haber quedado atrás: la capacidad de decidir sobre la propia vida.

El reparto coral, encabezado por Pablo Molinero y Cristina Fernández Pintado, contribuye a reforzar esa sensación de comunidad cerrada, donde cada personaje parece formar parte de un mecanismo mayor. María Maroto, Pablo Derqui, Marta Belenguer, Jordi Aguilar, Glòria March, Àngel Fígols y el resto del elenco completan un grupo humano en el que las relaciones personales son inseparables de las estructuras de poder que las condicionan.

También hay algo especialmente perturbador en la proximidad de la distopía que plantea Bernàcer. No estamos ante un futuro lejano ni ante un mundo completamente imaginario. Enjambre construye su pesadilla a partir de elementos que ya conocemos. Quizá por eso resulta más incómoda: porque no necesitamos imaginar demasiado para reconocer algunas de sus dinámicas.

La película habla, en definitiva, de una contradicción profundamente humana. Queremos ser libres, pero necesitamos a los demás. Vivir en comunidad, pero no queremos que la comunidad decida por nosotros. Queremos seguridad, pero sospechamos del precio que puede exigirla. Queremos escapar del sistema, pero seguimos llevando con nosotros aquello que lo sostiene.

Una distopía demasiado cercana

Enjambre plantea todas esas cuestiones sin ofrecer respuestas fáciles. Su mayor virtud está precisamente ahí: en utilizar el thriller rural y la distopía para hablar de un presente que, en algunos aspectos, resulta mucho más inquietante que cualquier ficción.

Quizá echarse al monte siga siendo una buena idea. El problema es qué hacemos cuando descubrimos que tampoco allí estamos a salvo de nosotros mismos.

Enjambre: La contradictoria pesadilla de la vida en el campo (***) | Cine

ENTREVISTA CON ELENCO Y DIRECTOR

Entre risas, confieso al equipo de Enjambre que la película me ha aterrorizado. También aprovecho para agradecer que sea otra producción realizada en valenciano, una circunstancia que sigue siendo especialmente celebrable en nuestro cine.

La conversación conduce rápidamente hacia uno de los grandes temas que atraviesa la película: el difícil equilibrio entre la vida en comunidad y las ansias de libertad individual. Enjambre no parece interesada en ofrecer una respuesta sencilla a esa tensión, sino en plantear una pregunta que permanece después de los títulos de crédito: ¿puede un colectivo considerarse verdaderamente libre cuando una parte de sus miembros se encuentra en una situación de vulnerabilidad respecto al resto?

La huida hacia lo rural permite llevar ese debate a un terreno especialmente interesante. Alejarse de la sociedad y buscar una nueva forma de convivencia no significa necesariamente escapar de sus problemas. Al contrario, aparecen nuevas normas y, con ellas, una cuestión inevitable: quién decide esas normas y quién tiene capacidad para cuestionarlas.

En ese punto, la película conecta también libertad y seguridad. En la actualidad, la seguridad se utiliza a menudo como argumento para defender determinadas formas de control y, en algunos casos, incluso la utilización de la violencia. Pero el propio ejercicio de esa violencia acaba entrando en contradicción con la libertad que pretende proteger. De ahí que Enjambre termine moviéndose entre cuestiones de ética, justicia y convivencia.

El planteamiento parte, además, de una idea muy concreta: somos animales sociales. Por eso, la verdadera lucha no consiste únicamente en encontrar un lugar donde estar a salvo, sino en cambiar aquello que no funciona. Necesitamos pelear para cambiar las cosas, y esa idea constituye uno de los trasfondos de la película.

También resulta fundamental la manera en la que se construye el viaje del espectador. La intención era que su recorrido fuera paralelo al del protagonista, Pablo Molinero. Al principio, tanto él como quien está al otro lado de la pantalla pueden sentir cierta fascinación por Malpàs. Hay algo atractivo en la posibilidad de alejarse de todo, empezar de nuevo y encontrar una segunda oportunidad. Poco a poco, sin embargo, esa sensación comienza a cambiar.

El espectador se enamora del lugar al mismo tiempo que empieza a descubrir que las cosas no son exactamente lo que parecen. La película utiliza para ello el montaje, los silencios y los posicionamientos de cámara, elementos que van introduciendo una inquietud creciente. No se trata de engañar al público, sino de sorprenderlo y hacer que vaya descubriendo la realidad junto al protagonista.

El personaje de Pablo Molinero tiene mucho de esa inocencia. Viene del fracaso y llega con la esperanza de que otra vida sea posible. Esa necesidad de creer en una segunda oportunidad hace que el golpe de la realidad sea todavía más fuerte. Su evolución a lo largo de la película es uno de los grandes recorridos de la historia: empieza en un punto y termina completamente transformado por todo aquello que ha vivido.

Enjambre

Frente a él, Cristina Fernández Pintado interpreta un personaje mucho más complejo, lleno de aristas. Su viaje tiene que ver en buena medida con la inteligencia y la manipulación, pero también con una profunda necesidad de amor. Es una mujer que, a su manera, se defiende y trata de sobrevivir. En ella conviven el abandono, las causas emocionales que explican algunas de sus decisiones y una dimensión de tiranía que convierte el personaje en uno de los grandes retos de la película.

Porque ahí vuelve a aparecer otra de las cuestiones centrales de Enjambre: hasta dónde somos capaces de llegar cuando sentimos que tenemos que sobrevivir.

La película termina llevando todas estas preguntas hacia una reflexión más amplia sobre nuestra propia sociedad. Frente al aislamiento, plantea la necesidad de recuperar la comunidad, la empatía y una mayor capacidad de intervención en la toma de decisiones. No se trata simplemente de convivir, sino de buscar el bien común y aprender a mantener debates que permitan construir en lugar de destruir.

Hay una idea especialmente reveladora en ese sentido: no podemos ser felices si nuestro vecino no lo es también. El problema es que cada vez vivimos más encerrados en nuestra propia burbuja, más pendientes de nuestra realidad inmediata y menos conectados con quienes tenemos alrededor. Y, mientras creemos proteger nuestra libertad individual, corremos el riesgo de empobrecernos socialmente y quedarnos solos.

Quizá por eso Enjambre resulta tan inquietante. No porque imagine un mundo completamente ajeno al nuestro, sino porque lleva algunas de nuestras contradicciones hasta sus últimas consecuencias. La comunidad, la libertad, la seguridad, la violencia y la necesidad de pertenecer dejan de ser conceptos abstractos para convertirse en conflictos concretos.

Quizá echarse al monte siga siendo una buena idea. El problema comienza cuando descubrimos que tampoco allí estamos a salvo de nosotros mismos.

EIXAM‘ (‘ENJAMBRE’), primer largometraje de ficción del realizador Óscar Bernàcer, llega a los cines el próximo 4 DE SEPTIEMBRE de la mano de A Contracorriente Films.

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Alberto Oliver

Musicólogo, periodista cultural y escritor. Friki orgulloso. Hablo de cine, series, música y salud mental.

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