La divulgación científica orientada al público infantil y juvenil afronta siempre un equilibrio delicado: ¿Cómo transmitir conceptos de cierta complejidad sin caer en la frialdad de un manual escolar o en la simplificación excesiva? La obra «Mamá, ¿Qué pasa dentro de mi cabeza?«, escrita por la periodista especializada Elena Sanz e ilustrada por Kim Amate dentro de la colección de divulgación de la Editorial Crítica, intenta romper este molde. Lo hace apostando por un formato narrativo poco habitual en el género: la conversación cotidiana.
En esta crítica de «Mamá, ¿Qué pasa dentro de mi cabeza?» analizamos el libro desde una perspectiva cultural y pedagógica, repasando sus puntos fuertes y sus fallos de estructura.
Un dibujo que destaca por huir de lo digital
Lo primero que llama la atención al abrir el libro es el trabajo gráfico de Kim Amate. En un mercado saturado de ilustraciones digitales planas y vectoriales, aquí se agradece ver el trazo real del lápiz de madera.
Las ilustraciones no son un mero adorno; sirven para aterrizar ideas abstractas. Los esquemas del cerebro, el «manual de instrucciones» o la explicación visual del efecto «Bouba/Kiki» ayudan a fijar conceptos de forma clara. Tienen detalle, personalidad y un acabado artesanal muy acertado.

Una charla continua: lo bueno y lo malo del formato
El libro no utiliza la típica estructura enciclopédica de preguntas y respuestas cortas, sino una conversación continua entre una madre y sus dos hijos. A partir de cosas del día a día (por qué se nos pega una canción, por qué nos entra miedo o qué pasa cuando nos concentramos), la autora introduce conceptos sobre el cerebro.
Este planteamiento tiene dos caras; el punto fuerte del texto es que acerca la neurociencia aterrizándola en situaciones cotidianas. Los niños entienden para qué sirve saber cómo funciona su cerebro en lugar de aprenderse nombres de memoria, lo que facilita enganchar al lector con temas de ciencia. Por otro lado, aunque el libro incluye capítulos marcados en el índice, la lectura real es un diálogo continuo que encadena una curiosidad tras otra. Salta de un tema a otro muy rápido y no deja espacio para asimilar bien lo que te acaban de explicar. En lugar de parar a asentar una idea, el texto pasa directamente al siguiente dato, lo que puede saturar un poco.
Rigor y enfoque divulgativo
Elena Sanz es periodista especializada en ciencia, por lo que el contenido está bien documentado y redactado de forma sencilla. Términos como la dopamina o las neuronas espejo se explican con un lenguaje accesible. Al ser un libro divulgado para niños, no incluye bibliografía ni referencias directas. La trayectoria de la autora y el prólogo del neuroeducador David Bueno dan respaldo al contenido, aunque desde el punto de vista docente siempre viene bien un anexo final con recursos para seguir investigando.

Edades y uso en el aula
A pesar del tono cercano, la cantidad de conceptos que se manejan hace que la edad recomendada esté a partir de los 9 o 10 años. Para niños más pequeños, la acumulación de datos puede resultar compleja si no hay un adulto guiando la lectura.
En el ámbito educativo, el valor del libro no está en leerlo del tirón de principio a fin, sino en usarlo como punto de partida para proyectos:
- Para el aula: Un profesor puede coger un tema puntual (como la memoria, el sueño o la empatía) y utilizarlo para plantear un experimento práctico o un debate con los alumnos.
- En casa: Es un buen libro para lectura compartida entre padres e hijos, haciendo pausas para comentar las situaciones que van saliendo en el diálogo.
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