Hay libros que se leen y se olvidan, y luego están esos otros que te hacen bajar el ritmo sin que te des cuenta. Herbario de un mundo desaparecido, de Clara Dies Valls, pertenece claramente al segundo grupo. No es un libro para devorar del tirón, sino para hojear con calma, dejarlo abierto sobre la mesa, volver a él días después y pensar: ah, esto me lo contaba mi abuela… aunque nunca te lo contara exactamente así.
Porque ese es uno de los grandes logros de Herbario de un mundo desaparecido: consigue despertar una memoria que no siempre es personal, pero que sentimos como propia. Una memoria colectiva hecha de plantas, nombres populares, remedios caseros, supersticiones, rituales y una forma de vivir mucho más pegada a la tierra de lo que estamos ahora.
Herbario de un mundo desaparecido: plantas, sí, pero sobre todo historias
Que nadie se asuste: este no es un libro técnico ni una guía botánica pensada solo para especialistas. Aunque Herbario de un mundo desaparecido tiene estructura de herbario (con fichas de plantas, descripciones, hábitats, floración y usos), su verdadero corazón está en lo que rodea a cada especie. En lo que significaba, cómo se usaba y qué lugar ocupaba en la vida cotidiana.
Hoy vemos una planta y, como mucho, pensamos si queda bien en el salón o si es tóxica para el gato. Hace no tanto tiempo, esa misma planta podía servir para curar una herida, aliviar un dolor, proteger una casa o acompañar un ritual. Raíz, hoja, flor o fruto no eran conceptos abstractos: eran herramientas básicas para vivir.
Clara Dies Valls parte de una idea muy sencilla y muy potente: vivimos en un mundo completamente distinto al de nuestros abuelos, y esa diferencia no es solo tecnológica. Hemos perdido una relación directa con la naturaleza. Ya no sabemos qué crece a nuestro alrededor, ni para qué sirve, ni cómo se usaba antes. Herbario de un mundo desaparecido nace justo ahí, en ese espacio entre lo que fuimos y lo que somos.

Paisajes, ilustraciones y una lectura que pide pausa
La estructura de Herbario de un mundo desaparecido acompaña muy bien su espíritu. El libro se organiza por paisajes: atlántico, alta montaña y cosmopolita, lo que ayuda a situar cada planta en su contexto natural y cultural. No es lo mismo lo que crece cerca del mar que en la montaña, ni los usos que se le daban.
Además, el libro incluye glosarios que aportan claridad sin romper el tono cercano del conjunto. Y todo ello se acompaña de ilustraciones que no son mero adorno: refuerzan la sensación de estar ante un objeto cuidado, pensado para disfrutarse sin prisas. Es uno de esos libros que se leen con los cinco sentidos. Que apetece tocar, mirar, dejar abierto sobre la mesa.
Folclore sin postureo: cuando la superstición también era conocimiento
Uno de los aspectos más interesantes de Herbario de un mundo desaparecido es cómo aborda el folclore. Aquí no hay mirada irónica ni condescendiente hacia las creencias populares. Tampoco una idealización del pasado, sino respeto y curiosidad.
Durante siglos, el conocimiento sobre plantas se transmitió de forma oral. Pasaba de madres a hijas, de vecinas a vecinas, de curanderas a comunidades. Era un saber práctico, basado en la observación, la experiencia y, sí, también en la intuición y la superstición. Pero eso no lo hacía menos valioso.
Muchas plantas consideradas “mágicas” lo eran porque funcionaban, aunque nadie supiera explicar por qué. Otras no curaban, pero calmaban. Y en contextos donde no había alternativa, eso también era importante. La magia, tal y como plantea el libro, no era fantasía: era una forma temprana de entender fenómenos naturales que aún no tenían nombre científico.
Herbario de un mundo desaparecido recupera refranes, rituales, usos simbólicos y creencias asociadas a las plantas como lo que realmente son: cápsulas de memoria cultural. Pequeños relatos que explican cómo las personas se relacionaban con su entorno, qué miedos tenían y cómo intentaban protegerse de lo desconocido.

Plantas medicinales: lo natural no siempre fue inofensivo
Otro de los grandes ejes del libro es el uso de plantas medicinales. Y aquí Clara Dies Valls es clara y responsable: este conocimiento se presenta con fines educativos, no como una invitación a la automedicación. De hecho, uno de los puntos más interesantes es cómo se insiste en que lo natural no siempre es sinónimo de seguro. Muchas de las plantas usadas tradicionalmente podían curar… o intoxicar, dependiendo de la dosis. Por eso aparece la famosa frase de Paracelso: “solo la dosis hace el veneno”.
Lejos de separar pasado y presente, Herbario de un mundo desaparecido establece un paralelismo muy interesante entre los antiguos herbolarios y la farmacia moderna. Ambos trabajan con la naturaleza, ambos buscan el equilibrio entre cura y daño, ambos requieren conocimiento y prudencia. La diferencia es que hoy ese saber está «profesionalizado» mientras que antes formaba parte de la vida cotidiana.
Leer estas páginas hace inevitable preguntarse en qué momento dejamos de confiar en ese conocimiento cercano y lo delegamos por completo en la industria. No para volver atrás, sino para entender mejor cómo hemos llegado hasta aquí.
Un libro que también habla de ahora (aunque mire al pasado)
Aunque todo el tiempo esté dialogando con el pasado, Herbario de un mundo desaparecido es un libro muy conectado con el presente. Especialmente cuando habla de cambio climático y pérdida de biodiversidad.
Muchos de los paisajes y plantas que aparecen en el libro están cambiando o desapareciendo. Con ellos se pierden ecosistemas, pero también palabras, usos, historias y formas de entender el mundo. La desaparición de una planta no es solo un problema ecológico: es también una pérdida cultural.
En ese sentido, el herbario funciona casi como un archivo emocional. Un intento de conservar no solo lo que crecía en determinados lugares, sino lo que significaba. Una forma tranquila y muy bonita de resistirse al olvido.
Por qué Herbario de un mundo desaparecido merece un hueco en tu estantería
Herbario de un mundo desaparecido es perfecto para quienes sienten curiosidad por el pasado, la naturaleza y las historias pequeñas que explican cosas grandes. Para quienes disfrutan de libros que se leen despacio. Para quienes intuyen que algo se ha roto en nuestra relación con el entorno, aunque no siempre sepan explicarlo.
No promete recetas milagro ni soluciones rápidas. Lo que ofrece es algo mucho más valioso: una invitación a mirar con atención, a recordar que hubo un tiempo en el que sabíamos escuchar a las plantas… y que quizá todavía estamos a tiempo de volver a hacerlo, aunque sea de otra manera.
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