El paso de los años, la reflexión sobre la vida y la muerte, afrontar el fin de los días… Temas universales que se han tratado en el arte casi desde el principio de los tiempos. Entre mareas y brisas, una pequeña isla acoge a un grupo de ancianos cuidados por la joven Gaëlle. Escondidos mientras la ley obliga a que los mayores acaben sus días en residencias. La llegada de una pareja de hermanos, una de ellos médico, trae felicidad y novedad a sus vidas. No obstante, también generará situaciones y consecuencias insospechadas que perturbarán la idílica paz de un aparente paraíso donde no transcurren los segundos. O al menos, querrían que fuera así. Bajo esta premisa, la directora Alanté Kavaïté nos presenta La isla de la Belladona, un film intimista de imágenes sugerentes y vitalistas. Tras una falsa sensación de misterio que se diluye a lo largo del metraje, nos deja preguntas y reflexiones sobre la vida y la muerte. A veces ni el tiempo mismo puede responderlas.
La isla de la Belladona – Todo pasa y todo queda
Esta película francesa, una vez presentados los personajes, comienza a generar intriga con los conflictos iniciales. Sin embargo, esa tensión inicial pronto desaparece en el momento que el guion deja clara la intención: reflexionar sobre la vejez, el abandono y el temor a los cambios. De esta forma, la narración queda estancada cuando intenta volver a generar el misterio mientras se muestra la vida tranquila de los ancianos. Aunque se podría haber ahondado más en los posibles misterios y tensiones entre personajes para enriquecer el relato y agilizarlo, La isla de la Belladona acaba representando un bonito cuadro sobre los últimos días que podríamos tener y los pensamientos y sentimientos que nos acompañarían.

Alanté Kavaïté dirige con una puesta en escena cuidada, intimista, silenciosa y contemplativa, que intenta más centrarse en las sensaciones que en los hechos. Los propios personajes parecen más entusiasmados con observar y desarrollar una voz interna transmisible a través de gestos y miradas. La isla aparece como un lugar donde el tiempo parece pararse, donde se transmite aislamiento, inmovilidad pero también esperanza en una alegría efímera y recreativa. Una ficción la del tiempo parado y feliz que sus propios protagonistas saben que no es real pero que a veces intentar creer.
Un agradable descubrimiento
Conforme a lo expuesto, las actuaciones siguen esa misma línea de naturalidad y sobriedad, lo cual se agradece frente histrionismos innecesarios. Mención aparte y destacada para la actriz protagonista. Nadia Tereszkiewicz representa a Gaëlle desde la observación y la contemplación de cómo su mundo se puede desmoronar en cualquier momento, sin querer asumir la realidad pero siendo consciente de ello. Un diálogo interno que puede verse en sus ojos y que puede conmover al espectador más paciente.
En conjunto, se trata de una propuesta sugerente y visualmente atractiva, de buen envoltorio y actuaciones creíbles que te harán reflexionar. Por el contrario, desaprovecha la ocasión de encajar mejor el potencial dramático y narrativo del conflicto entre los nuevos y viejos moradores de la isla y los misterios que se ven de fondo. Si eres de los que quiere comprobar si el tiempo puede pararse en el lugar más perdido del mundo, te animamos a descubrirlo en La isla de la Belladona, estreno el 16 de enero en cines.
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