Macu Machín es una cineasta canaria cuya amplia trayectoria en el cortometraje ha transcurrido desde el cine de observación al metraje encontrado, sin perder la preocupación por atrapar lo real y lo trascendente al mismo tiempo. Con La hojarasca afronta su primer largometraje cinematográfico centrado en la figura de la mujer en el ámbito rural por medio de su propia familia. En esta entrevista a Macu Machín, hemos comentado con ella algunos de los aspectos más relevantes de su trabajo.
La hojarasca, tu primer largometraje, ha conseguido gran multitud de premios y honores. ¿Qué ha supuesto para ti, como directora novel, la gran acogida que está teniendo tu primera película?
Un regalo y un reconocimiento a muchos años de trabajo con la película. Ha sido un proceso muy largo, de desarrollo y producción, y me siento muy feliz y agradecida de estar acompañando a la película por distintos festivales y recibir mucho calor del público.
¿Qué quieres transmitir con ‘La hojarasca’?
Quería ahondar en la complejidad de los vínculos familiares y me metí de cabeza en los vínculos de mi propia familia. Mi intención es narrar la complejidad de las relaciones humanes y cómo detrás de lo que parece algo tosco y árido puede estar conteniendo calor, luz o amor.
Se aprecia una parte muy artística en los planos y un cuidado detalle en la paleta de color, con juegos de claro-oscuro en ocasiones y la presencia de bodegones. ¿Cuáles han sido tus influencias artísticas?
Lo has descrito muy bien: el barroco. Los bodegones y claro-oscuros del barroco principalmente. La dirección de fotografía ha corrido a cargo de José Ángel Alayón y Zhana Yordanova. Juntos, perfilamos las líneas de por dónde empezar a trabajar. Teníamos claro que queríamos rodar de una manera muy pictórica, cuidando mucho la paleta de color, los claro-oscuros, trabajar con bodegones… No era una idea que saliera de nuestra cabeza, es que sencillamente observando el espacio, surgía de manera natural. Después teníamos que darle el último toque y una forma más cinematográfica. Carabaggio, Rembrant, la pintura del barroco y del romanticismo alemán. Sobre todo, para las partes en las que la naturaleza juega un papel importante y, a su vez, empuja esa parte oculta de las protagonistas de la película, y las emociones que viven debajo de la piel.
Por otro lado, teníamos claro que queríamos rodar con luz natural, lo cual conlleva ser muy paciente, y a organizar toda la planificación siempre en función de esta iluminación.
¿Qué puedes comentar sobre la banda sonora empleada en esta película? ¿Qué importancia tiene la música en ‘La hojarasca’?
Yo diría más bien el sonido, ya que todo el diseño sonoro ha sido una parte fundamental con la que he disfrutado mucho. Cada cineasta tiene una “neura” u obsesión particular, y la mía podría decirse, si tuviera que elegir, que es el sonido. Imagino cuando escribo las escenas y las imágenes a partir del sonido y he disfrutado mucho el trabajo junto a Joaquín Pachón. Él que realizó un trabajo de sonido directo, que conformó una recreación de todos los elementos del guion; la naturaleza, los pájaros, los pasos, la hojarasca, que ya el título de la película es muy onomatopéyico. Hicimos un trabajo muy minucioso en torno a la construcción de un territorio y una atmósfera particular en torno al sonido. Incluso terminamos de construir la imagen que está fuera de campo a través del sonido, como si el sonido expandiese la imagen.
Con respecto a la música, de Jonay Armas, fue un verdadero reto, porque parecía que las imágenes rechazaran cualquier tipo de musicalidad, por ello tuvimos que pensar bien cómo incorporarla. Por ejemplo, la flauta me parece un instrumento cuyo sonido está muy apegado a los sonidos de la naturaleza, del viento, las ramas… Jonay me proponía algunas cosas y yo lo iba viendo minuciosamente, aceptando que las imágenes pueden llevar música. Y a partir de ahí empezar a quitar o poner más o menos música en otras partes, siendo más minimalista para que quedara perfectamente integrado con el diseño sonoro global y el diseño visual.
Una buena elección el instrumento de la flauta, ya que ha sido empleada para ambientar la naturaleza en obras como en La consagración de la primavera de Stravinsky, o varios conciertos de Vivaldi.
Sí, va un poco por ese camino, el trabajar con vientos y la textura de los instrumentos. No era tanto una construcción de melodías sino de texturas que pudieran acompañar y fundirse con los elementos de la naturaleza. Tiene un tema que me fascina al final, que es un pedal de sintetizador que está perfectamente fundido con la última secuencia. Ese momento en el que las protagonistas se van en coche y atraviesan un paisaje volcánico. Es una de las partes que más me gustan de la película y del trabajo de sonido. Me parece el sumun. Todo avanza hacia el mismo lugar sin sobresalir una sobre la otra, y esa fue una idea preciosa de Jonay.
Hay un evidente interés por el campo, los paisajes rurales, así como por el ámbito geológico y antropológico en La Hojarasca. ¿Consideras que tu película destaca el papel de la mujer en el ámbito rural?
Por supuesto, porque las tres protagonistas son mujeres no por casualidad. Está muy inspirada por la vida de la familia de mi madre en la que son todo mujeres. Los hombres emigraron y nunca regresaron. Me he sentido inspirada siempre en este aspecto, y, de hecho, en el próximo proyecto quiero seguir trabajando con estas figuras femeninas que trabajan en el campo y llevan la familia, la tierra, las herencias… aunque el sistema no sea matriarcal. Quería poner en valor a estas heroínas que no suelen formar parte de la gran historia, que ni siquiera son una nota al pie de página, pero son fundamentales para el desarrollo de la sociedad que nos ha llevado hasta aquí.
El tema de la mujer en el ámbito rural está muy opacado. No aparece por ningún lado y no existen referencias.
Sí, es sorprendente. Yo lo he vivido en mi familia y para mi es natural. Pero luego pienso en las mujeres del campo gallego y de distintos lugares, que han tenido un rol fundamental y, sin embargo, los relatos hegemónicos no han prestado ninguna consideración a estos roles, que me parecen tan fundamentales. Además, protegían ciertas herencias, los cuidados de la tierra, la consecución de las tradiciones… Son aspectos que correspondían muy a menudo a la mujer.
Me viene a la mente la figura de la abuela viuda que ha llevado el trabajo del campo adelante, y esas reuniones familiares donde la abuela suele ser el eje principal. Y, sin embargo, no hay referencia sobre la cuestión de la importancia de esa figura de la mujer rural.
Estoy de acuerdo, me lo han comentado muy a menudo. Creo que ahora hay corriente en el cine español de poner el foco en cuestiones que han sido periféricas. Quizá también por tener la posibilidad de rodar fuera de las dos grandes ciudades. Antiguamente te veías obligada a hacer cine en Madrid, contando historias que no tenían mucho que ver contigo. Historias de Malasaña o barrios de la gran ciudad. Y de repente, una serie de cineastas de Cataluña, del País Vasco, de Murcia, Galicia, etc, pueden rodar en sus propios pueblos, en los lugares donde pasaron los veranos de su infancia. Pero aún no se ha puesto en valor a la figura femenina en los pueblos, y yo estoy en esta tesitura, y seguiré insistiendo.
¿Cuáles son tus próximos proyectos?
En La hojarasca ha sido tan compleja la producción y trabajar con mujeres que no han hecho nunca interpretación, que requería mucha paciencia por parte de todos. Ha sido como una gran Jam Session donde le dábamos a rodar e íbamos encontrando entre todos la puesta en escena, cómo nos íbamos a mover, cómo iba a ser el plano, qué iban a hacer ellas… Me di cuenta el primer día de rodaje que no iban a poder estar todas las ideas que tenía en el guion. Decidí centrarme en las protagonistas, porque han sido muy generosas y valientes de ponerse delante de una cámara.
El resto de retazos que dejé fuera del proyecto, que no necesariamente tenía que filmar porque suponían un nivel de complejidad muy alto, decidí retomarlas para un próximo proyecto que se llama Las porteadoras. En terminología actual, Las porteadoras sería una precuela de La hojarasca, en la que quiero narrar la historia de mi abuela y mi bisabuela. Ya no será tan documental, ya que quiero recrear la vida del pueblo de los años 30 del siglo XX, que ya era una época dura para cualquier lugar de España, pero me apetece abordar la vida de un pueblo perdido periférico de La Palma.
Cada vez que llego a esas huertas abandonadas sigo confabulando y fantaseando con qué historias pudieron ocurrir. Me produce mucho misterio. Cuando visitas una gran ciudad sientes el peso de la historia porque hay placas que te explican lo que ocurrió. En el campo también suceden cosas importantes, pero han quedado soterradas porque parece que la historia nunca pasa por los espacios naturales. Me apetece seguir fantaseando con la historia de mi familia en las huertas de Punta Gorda de la isla de La Palma.
¿Alguna fecha concreta?
De momento estoy escribiendo. El proyecto forma parte del programa Rueda de las residencias de la Academia de cine, y este año, de momento estoy escribiendo. Cuando avance, me gustaría tener una posible configuración de producción. Para mí lo ideal sería en 2027, pero quizás sea para más adelante.
¿Tienes algo más que aportar?
Que espero que la producción del proyecto sea más corta que con La hojarasca. Me ha gustado cocinarlo a fuego lento, aunque hayan sido por razones ajenas a nosotros: el confinamiento, el estallido del volcán, que al final ha venido bien para la película por el papel importante de la naturaleza. Pero eso obligó a que tuviéramos que parar el rodaje para poder continuar con seguridad. Por ello, espero que la producción del próximo proyecto pueda ir sin tantos cortes, pero que también me permita seguir pensándolo y madurando a fuego lento. Me veo cómoda en procesos donde se puede parar, reflexionar, montar y volver a rodar. Esos procesos de “working progress” es donde me siento cómoda.

