Puede que la presencia femenina en la música sea hoy más visible que nunca, pero la realidad es que a las mujeres se las escucha mucho menos de lo que parece. En los carteles de los grandes festivales, en las listas de éxitos o en los equipos que deciden qué suena y quién sube al escenario, los nombres femeninos siguen siendo minoría, mientras a ellas se les exige una perfección estética y una coherencia visual que rara vez se reclama a sus compañeros.
La brecha no solo se mide en números: también se nota en el tipo de preguntas que reciben, en los titulares que se escriben sobre sus cuerpos antes que sobre sus canciones y en una industria donde muchas artistas sienten que deben demostrar el doble para llegar al mismo sitio.
Planteamiento y contexto
En la última década, la presencia de mujeres en la música parece haber explotado: llenan pabellones, ganan premios y protagonizan campañas. A simple vista, podría parecer que la igualdad está casi conseguida, pero cuando se mira con algo más de calma a los carteles de festivales, a las listas de éxitos o a los equipos que toman decisiones, la fotografía cambia por completo.
El estudio sobre género en la industria musical de la asociación MIM (Mujer en la Industria Musical) sitúa la presencia femenina en muchos festivales por debajo del 25% del cartel, lo que implica que, de media, tres de cada cuatro nombres programados siguen siendo hombres.
En el siguiente gráfico se aprecia cómo, a pesar de cierta mejora desde 2017, las mujeres siugen siendo solo alrededor de una quinta parte de los nombres en los grandes festivales españoles.
Más allá del escenario
Ese mismo informe señala que la desigualdad no se limita al escenario. Según los datos de MIM, las mujeres representan en torno a un 30% de las profesionales del sector, pero su peso cae cuando se observa quién firma las canciones, quién produce, quién gestiona el directo o quién ocupa puestos de responsabilidad en discográficas, agencias y promotoras.
La brecha se nota especialmente en los cargos de decisión: los porcentajes de mujeres en áreas como management, dirección artística o programación bajan en muchos casos por debajo del 20%, pese a que cada vez hay más presencia femenina en los equipos técnicos y creativos.
Esta distancia entre cifras y realidad se ve claramente en las voces de las artistas que intentan abrirse camino. lottie, artista urbana emergente, habla de “menos hueco para mi proyecto” y de una sensación de escrutinio constante:
“Siento que los ojos están puestos en mí de forma diferente, ya que hay expectativas sobre mi trabajo, o incluso menos espacio para lo que hago”.
Sandra Groove, con años de trayectoria de manera independiente, reconoce que nunca ha vivido una situación abiertamente discriminatoria, pero cuando mira alrededor sí que percibe esa asimetría: “Por lo que puedo ver, los hombres tienen mucha presencia en festivales, radios o listas editoriales. Pero considero que poco a poco todo esto está cambiando, y las mujeres cada vez tenemos más presencia”.
Ángulos distintos, mismo paisaje
Los gráficos de MIM y los relatos de estas artistas dibujan, desde ángulos distintos, un mismo paisaje: un sector en el que conviven hitos históricos de visibilidad femenina con inercias que siguen beneficiando a los hombres. Mientras algunas voces celebran que hoy en día haya técnicas de sonido, productoras y tours managers mujeres en espacios donde antes solo había cabida para los hombres, otras recuerdan que la foto completa aún sigue desequilibrada, sobre todo cuando se mira quién manda y quién ocupa el primer renglón del cartel.
En una entrevista con la revista Milenio, Lola Indigo resumía esta paradoja: “Hay muchas tías que tienen un show perfecto para un festival. Hice un experimento en redes donde invité a la gente a que pusiera carteles que tuvieran muy pocas o ninguna mujer, y tuvo muchas respuestas.
No creo que sea por falta de ellas. Yo como espectadora quiero ver cosas diferentes. Están Aitana, Bad Gyal, y muchas mujeres que la han roto a nivel internacional, y por supuesto Rosalía que es la madre de todos, es quien ha puesto en España la mira”. Su testimonio encaja con la hipótesis de MIM: el problema no es la falta de mujeres, sino quién decide en qué puestos se ubican. Dicho de otra forma, el problema no es que no haya mujeres preparadas, sino qué lugar se les asigna en la foto general de la industria musical.
Techo de cristal y primeras oportunidades
Los datos de MIM muestran una industria en la que las mujeres están presentes, pero siguen topándose con límites que son poco visibles y frenan su avance. Este “techo de cristal” no es una barrera explícita que esté escrita en ninguna norma, sino un conjunto de obstáculos invisibles – estereotipos, expectativas, decisiones de terceros – que impiden que lleguen a los mismos puestos con las mismas condiciones que sus compañeros hombres, incluso cuando estas tienen una formación y experiencia similares a las de ellos.
En cifras, las mujeres se acercan a la paridad como intérpretes, pero caen por debajo del 30% en autoría, del 20% en management y del 15% en cargos de liderazgo, según el Estudio MIM.
El gráfico siguiente resume cómo disminuye la presencia femenina a medida que aumenta el nivel de poder y decisión dentro de la industria.
Lo que define la carrera de una artista
En la práctica, se traduce en menor presencia en cabezas de cartel, menos nombres femeninos en listas de éxitos y una notable ausencia en los puestos donde se decide quién entra en las playlists, quién recibe un presupuesto potente o quién puede presentar un show en condiciones.
Desde su experiencia profesional, el experto en industria musical Alberto Oliver lo resume con claridad: “A todos los niveles las mujeres se ven obligadas a demostrar más, se les exige más. Y me parece super injusto”.
Las primeras oportunidades funcionan como filtros silenciosos. Una invitación a tiempo a festivales como Mad Cool o Sonorama puede definir la carrera de un artista, abrir puertas a nuevos públicos y convencer a una discográfica o agencia de que esa apuesta necesita más inversión. Oliver insiste en que “son ellos los que marcan el éxito de artistas emergentes. Una primera oportunidad en festivales así puede definir la carrera de una artista”. Cuando esas oportunidades llegan mayoritariamente a manos masculinas, la desigualdad se multiplica: no solo hay menos mujeres programadas, sino que también hay menos trayectorias femeninas que logran consolidarse con el tiempo.
El otro lado del escenario
Desde el otro lado del escenario, lottie lo ve en su propio entorno: “Constantemente, tanto yo como mis compañeras. Creo que tienen que esforzarse mucho menos y se les reconoce el triple”. Para ella, la diferencia se nota en quién recibe la llamada para un festival, quién logra colarse en las listas editoriales de plataformas o quién consigue un apoyo sostenido de medios y promotoras.
Sandra, por su parte, admite que no ha sentido que la consideraran “menos talentosa o peor cantante por ser mujer”, pero sí observa que, cuando se trata de producción o dirección, “es muy probable que las mujeres que se dediquen a la producción hayan tenido que demostrar que también son válidas para ello, por ser tomadas poco en serio”. Esa percepción conecta directamente con la advertencia de Lola Indigo: no faltan shows femeninos “perfectos para un festival”, falta que alguien los quiera ver y apostar por ellos.
La manager Sara Menacho aporta la perspectiva desde los despachos. Para ella, la situación es “una transición” en la que “hemos avanzado mucho, pero sigue siendo un entorno difícil”. Habla de brecha salarial, de menor acceso a posiciones de liderazgo y de una conciliación que recae de forma desproporcionada sobre las mujeres, lo que limita su disponibilidad para asumir ciertos puestos o ritmos de trabajo. “Además, el nivel de estrés que asumimos es más alto porque sentimos que no podemos fallar”, añade. Esa exigencia extra se superpone al techo de cristal y convierte cada paso en una especie de examen permanente en el que equivocarse parece tener más consecuencias para ellas que para ellos.
La tiranía de la imagen
Si los datos hablan de desigualdad en número y presencia, los testimonios ponen el foco en una dimensión que el propio informe de MIM y muchas voces del sector subrayan: la presión de la imagen. En las entrevistas, artistas y profesionales coinciden en que, para ellas, la dimensión visual de un proyecto pesa con una intensidad distinta. Alberto Oliver reconoce que “antes era más claro”, pero que aún hoy “en las promociones de artistas mujeres se tiende más a dar valor a lo físico”, mientras a los hombres se les tolera una estética mucho más laxa. Él mismo lo resume con una imagen muy gráfica: “Las mujeres se sienten con la obligación de demostrar más. A llevar outfits de escándalo cuando otros llevan un chándal y ya”.
En la trinchera del día a día, esa diferencia se traduce en experiencias concretas. lottie cuenta que se ha hecho viral un par de veces “a base de insultos grotescos sobre mi cuerpo, o mi forma de vestir”, no por una canción ni por un directo especialmente celebrado. “A veces se me hace difícil, siento que los ojos están puestos en mí de forma diferente”, admite, aunque insiste en que intenta “no pensarlo mucho, pero sí lucharlo y concienciar”. Lo que para algunos usuarios es un comentario lanzado al aire se convierte para ella en una carga constante, una sensación de estar siempre bajo examen.
“de las mujeres se espera un ‘pack completo’”.
La historia de Sandra Groove va en la misma dirección, aunque su punto de partida sea distinto. “En mi caso, nunca”, responde cuando se le pregunta por límites o prejuicios vividos directamente por ser mujer; sin embargo, matiza enseguida. “Es increíble cómo a las mujeres se nos puede llegar a presionar a nivel estético. Por ejemplo, si yo ahora decidiese no maquillarme o no depilarme para mis conciertos, sí, tengo la libertad para hacerlo, por supuesto, pero se me cuestionaría sin duda. Se me llenarían las redes sociales de mensajes de odio ‘por descuidarme’”.
La artista no duda en afirmar que esto “no le sucede a los hombres” y que, tanto en el escenario como en la vida diaria, “se espera de nosotras que vayamos siempre perfectas”. A ello se suma la idea de que “de las mujeres se espera un ‘pack completo’”. Mientras que a los hombres se les permite ser más discretos o descuidados sin que eso afecte a la percepción de su talento.
Estrategia, marketing y oportunidades
Desde el lado de la gestión, Sara Menacho confirma que la estética condiciona oportunidades de forma directa. “Totalmente”, responde cuando se le pregunta si existe una mayor exigencia para que una artista ‘funcione’ visualmente antes de ser considerada musicalmente. En muchos casos, cuenta, “antes de escuchar una canción ya se evalúa su estética, el estilismo, el maquillaje o cómo encaja dentro de una narrativa visual concreta. Es injusto, pero es una realidad muy presente”.
Explica que, aunque la base de la estrategia de marketing sea similar para hombres y mujeres, “con las mujeres suele haber un trabajo audiovisual mucho mayor”. Esto implica más presupuesto, más equipo (maquillaje, estilismo, coreografías) y una planificación estética continua. El resultado es que ellas deben invertir más tiempo, dinero y energía para alcanzar un nivel de reconocimiento similar. Y que si no lo hacen, su proyecto “parece incompleto” incluso antes de que nadie haya pulsado el play.
Medios, redes y relato público
La manera en que la industria mira a las artistas no se construye solo desde dentro; medios y redes sociales juegan un papel clave en la narrativa que las rodea. El periodista musical Álvaro Gordo no duda en afirmar que existe “una marcada diferencia en el trato mediático” que reciben las mujeres respecto a sus compañeros. “Las mujeres están sometidas a un mayor escrutinio”, explica. “Se juzga mucho más la ropa que eligen llevar, se critica y debate si utilizan o no autotune, y se evalúa constantemente si han bailado más o menos, o si su actuación ha logrado ‘sorprender’ o ha sido insuficiente”. Frente a ellas, “los artistas hombres reciben un trato significativamente más conformista”, centrado en sus logros musicales, números y giras.
Gordo apunta también a cómo la prensa contribuye, consciente o inconscientemente, a perpetuar estereotipos. “De una manera u otra creo que sí”, reconoce, cuando se le cuestiona si los medios ayudan a reforzar miradas sesgadas sobre las mujeres en la música. Señala titulares que se detienen en la vida personal, el físico, la vestimenta o supuestas rivalidades más allá de la carrera musical, desviando el foco del trabajo y reforzando narrativas limitantes. Aun así, se resiste a generalizar: “existen también muchos medios que cuidan a las artistas y hablan de sus proyectos con conocimiento y amor hacia la música y la profesión”. Para él, la clave está en “cambiar el foco del discurso, priorizando el mérito artístico y profundizando más en sus proyectos, más allá de lo que llevan o dejan de llevar”.
Amplificando el asunto
Las redes sociales amplifican esa tensión. Álvaro las describe como el lugar “donde se sueltan comentarios sin ningún tipo de filtro ni consecuencia, magnificando el juicio y el acoso, especialmente en temas de imagen para las artistas mujeres”. Lo que lottie y Sandra viven en sus perfiles —desde burlas sobre el cuerpo hasta mensajes como “cantas fatal, pero por lo menos estás buena”— encaja perfectamente en este diagnóstico. Es el espacio donde se reproducen de forma más cruda los estereotipos que ellas denuncian y donde se hace visible la toxicidad de un entorno sin moderación.
Pero, al mismo tiempo, Gordo recuerda que no todo es negativo: “las redes también tienen una gran base de fans que apoyan, que cuidan su proyecto y que luchan porque su música tenga más visibilidad, y no todo se reduzca a cómo van vestidas, a estereotipos o a asuntos superficiales”. Muchas de las carreras de artistas mujeres que hoy llenan recintos o encabezan listas se han sostenido gracias a comunidades online que recomiendan, comparten y defienden su música frente al ruido del hate. La batalla por cambiar el relato se libra, en buena parte, en ese terreno ambiguo donde los insultos conviven con el activismo y donde un hilo de odio puede contrarrestarse con otro de recomendaciones y apoyo.
Industria, medidas y futuro
Lejos de presentar la desigualdad como un fenómeno inevitable, las personas entrevistadas coinciden en que se están produciendo cambios, aunque aún sean insuficientes. Sara Menacho habla de una “situación en transición”: se ha avanzado, pero “sigue siendo un entorno difícil”. En el que persisten micromachismos, techos de cristal y dinámicas heredadas que obligan a las mujeres a demostrar su valía una y otra vez. Entre las medidas urgentes, la manager menciona igualar presupuestos y oportunidades, garantizar una presencia paritaria real en carteles, mesas de decisión y equipos, y establecer formaciones obligatorias en perspectiva de género en empresas y festivales. Propone también protocolos de actuación ante discriminación y acoso. Así como incentivar narrativas diversas “para que no todas las mujeres tengan que responder al mismo molde”.
Los testimonios de lottie y Sandra señalan otra prioridad: la creación de espacios seguros. lottie lo formula sin rodeos: “Más espacios seguros. No puede ser que me dé miedo ir a casa de un productor. Reivindicar nuestro sitio. Huecos para mujeres productoras, técnicos de sonido. Seguridad”. Sandra, por su parte, reclama que se abran puertas en aquellos ámbitos donde los hombres siguen siendo mayoría: producción, composición, management y altos cargos directivos. “Yo personalmente solo conozco a una mujer que produce”, comenta, dejando entrever lo excepcional que sigue siendo encontrarse con una productora en un estudio.
La importancia de tener referentes
Ambas coinciden en la importancia de tener referentes cercanos. lottie menciona a Teresa (@soytanterca) como “una productora espectacular que trabaja mucho para buscar esa igualdad e inclusión”. Sandra se fija en la trayectoria de Rosalía, “una curranta” cuya historia siente que la industria “ha tenido, por narices, que rendirse a sus pies”, y subraya el papel de su hermana como manager como ejemplo de cómo introducir a más mujeres en posiciones estratégicas. Son figuras que funcionan como espejo para las más jóvenes, demostrando que es posible ocupar espacios que hace no tanto se consideraban vetados.
La próxima generación
La pregunta final es si la próxima generación lo tendrá más fácil. Menacho quiere creer que sí: ve a las nuevas generaciones “mucho más conscientes, más libres y menos dispuestas a aceptar dinámicas machistas”. Álvaro Gordo encuentra señales de cambio en figuras como Rosalía o Aitana, capaces de llegar a un público generalista que valora su música y no solo su imagen. También en el hecho de que cada vez haya más locutoras y redactoras en medios especializados, aunque las direcciones sigan, en muchos casos, en manos masculinas. Y artistas como Sandra recuerdan que el altavoz de redes, radio o televisión está sirviendo para hablar de temas tabú y para llegar a niñas más jóvenes que crecerán con otros referentes.
El reto, a la luz de los datos de MIM y de estas voces, no es solo que se vean más mujeres sobre el escenario, sino que las estructuras que sostienen la industria se transformen lo suficiente como para que ya no tengan que ser “la excepción” para llegar hasta ahí. Que no haga falta demostrar el doble, ni ir siempre perfecta, ni aguantar que se opine antes sobre el cuerpo que sobre el acorde. Que, algún día, parezca normal lo que ahora todavía suena a conquista.
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