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Whiplash: La obsesión por un sueño de grandeza

PorDiego Peláez

Mar 1, 2024 ,

La trama de WHIPLASH gira alrededor de dos personajes principales: Por un lado, Andrew Neiman (Miles Teller) es un estudiante de batería del mejor conservatorio de la ciudad, cuyo afán de superación no tiene límites, y cuyo sueño es ser uno de los mejores músicos de jazz de todos los tiempos. Terence Fletcher (J. K. Simmons), por el otro, es un temido y a la vez respetado profesor y director de orquesta de jazz. Su agrupación es la de mayor calidad del conservatorio y Andrew ansía pertenecer a ella.

Mientras Andrew estudia sus ritmos y patrones, Fletcher le observa y ve potencial en él, pero no le dice nada, se da la vuelta y abandona el aula. Este comportamiento adelanta lo que va a suceder a lo largo de toda la película. Y es que este personaje ha sido creado para que el espectador lo odie. Tras varias pruebas decide que Andrew sea el nuevo batería. Pero no va a ser tan fácil, pues Fletcher considera que se tiene que ganar el puesto.

Los límites de la obsesión

En Whiplash Fletcher pone a prueba constantemente a Andrew, y éste empieza a percatarse del porqué de su fama. El director grita, anula y humilla a los músicos. Somete a la base rítmica a una serie de pruebas imposibles en las que muestra su sadismo, llevando a los estudiantes al límite para mantener un estándar de perfección que no es posible alcanzar, controlando a los músicos por medio del miedo de perder su puesto en la orquesta.

En su odio por la mediocridad, busca al músico prodigio, aunque para ello tenga que romper a sus alumnos mediante el maltrato. Les hace ensayar durante horas o competir entre ellos para ganarse un lugar hasta llegar a las lágrimas. Impone su autoridad con mano de hierro, es el peor de los dictadores.

Tras sufrir esto, Andrew también se obsesiona con la perfección. Practica durante horas hasta que sus manos sangran, escucha música sin parar, mira vídeos de otros baterías y no para de estudiar las partituras. Sin darse cuenta, se deja influenciar, por Fletcher, queriendo demostrar que es el mejor. Por eso toma la decisión de dejar de lado a cualquier persona que represente un obstáculo o distracción, ya sea su familia o su pareja.

Cuando se extrema el límite, el colapso es inevitable

La obsesión de Andrew llega tan lejos que descuida su seguridad. En el momento más extremo, tiene un accidente de coche, pero antepone su faceta de músico por delante de su propia salud. El influjo de Fletcher actúa en su psique del mismo modo que lo haría una secta; su manipulación y persuasiones coercitivas han llegado tan lejos que Andrew queda anulado como ser humano.

Pero tras una nueva humillación, Andrew no puede más y estalla, abalanzándose contra el director e insultándole, soltando toda su frustración acumulada. La represión a la que ha sido sometido ha llegado demasiado lejos. Tras ver en lo que se ha convertido, se deprime y decide abandonar su sueño de ser músico. Hasta ese punto puede llegar a intoxicar la influencia de una persona sobre otra.

La venganza se sirve en plato frío

Cuando Andrew encuentra a Fletcher tocando en un bar meses más tarde, el director le ofrece ser el batería de una nueva agrupación para dar un concierto en el festival de jazz de la ciudad. Sabe que aceptará, sobre todo cuando le hace ver que puede ser su última oportunidad. En el concierto, Fletcher le revela que está al tanto de su denuncia (motivo por que fue despedido del conservatorio), lo que hace que Andrew palidezca al descubrir que el director le mintió con el repertorio. No se sabe los temas.

La vaga ilusión que contrae el espectador en la escena del bar de que Fletcher se ha redimido y ha aprendido la lección con su despido, queda destrozada con la exposición de su venganza ante Andrew. Ya le ha manipulado para que tocara en la orquesta y ahora su intención es humillarle.

Pero cuando Andrew reta al director las tornas se cambian. Ahora es el batería el que da la entrada, cortando al director y demostrando ser el músico que Fletcher tanto ansiaba encontrar. Se produce aquí un símil con la figura de Charlie Parker, quien, tras ser humillado, practicó sin descanso hasta que demostró ser un genio del saxofón. Pero murió a los 34 años siendo adicto al alcohol.

Whiplash

No sólo la película hace que el espectador se pregunte dónde está el límite, sino que también puede dar una equívoca imagen de lo que implica el estudio musical o ser un músico profesional. Es evidente que los métodos de enseñanza del director de orquesta que aquí se muestran no son los más adecuados, ni tampoco lo habitual.

Fletcher podría representar, a niveles extremos, la presión a la que un artista está sometido, por un lado, para dar un buen espectáculo ante el público, y por el otro, por la autocrítica a la que los músicos estamos sometidos por tocar de un modo perfecto, lo que nos puede conllevar a profundos problemas de salud metal e incluso a padecer el temido miedo escénico.

Lo cierto es que Andrew y Fletcher son dos caras de la misma moneda; uno obsesionado por ser el mejor, por encima de su integridad física y moral, y el segundo por formar al mejor músico y forjar al siguiente genio a costa de la salud de los demás. Por eso, no es de extrañar que al final de la película, a pesar de los malos tratos, consigan respetarse el uno al otro.

UN ALTO PRECIO

Andrew triunfa en la música, pero a cambio de un deterioro de su salud mental y de las relaciones sociales, así como un cúmulo de estrés que hizo que finalmente explotara. La centralización en un único foco de acción conlleva la destrucción del balance entre ocio, trabajo y descanso, indispensable para mantener una vida saludable. La obsesión por ser el mejor le hizo desconectarse de sus propios sentimientos, y caer finalmente en depresión.

Fletcher encuentra al músico ideal, pero el camino que ha recorrido para ello dista de ser ético. Su enfoque errado destierra los valores morales y, en consecuencia, deja varios cadáveres por el camino, lo que demuestra que el fin no justifica los medios. Conseguir un objetivo conlleva un coste, pero esta película hace que nos planteemos los sacrificios a los que estaríamos dispuestos a llegar.

Al fin y al cabo, consiguen sus metas, pero ¿a qué precio?

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Diego Peláez

Musicólogo. Artista pictórico a ratos, lector empedernido, cinéfilo y seriéfilo. Maniático del orden y la ortografía. La música clásica es mi crush.

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