• Dom. Abr 14th, 2024

‘El desertor’, la novela del Nobel Abdulrazak Gurnah que narra el colonialismo desde la perspectiva africana

Su obra no es muy conocida en España, donde las estanterías de las librerías solo contaban con las traducciones al castellano de Paraíso (1994), Precario silencio (1996) y En la orilla (2001). Ahora, la editorial Salamandra ha recuperado El desertor, título publicado originalmente en 2005, para distribuir una edición en castellano y poner en valor al autor poscolonial.

El premio Nobel es como esa recomendación que te hace un amigo en una tarde cualquiera y a la que tú no le haces demasiado caso. Un libro de olvidadizo nombre y cuyo autor, de un país remoto, te resulta desconocido. No es hasta años después, cuando esa novela cae en tus manos y la lees, que comprendes por qué ese amigo te la recomendó. El Nobel de literatura es algo parecido. Pasa sin pena ni gloria hasta que un día le das una oportunidad y entiendes que no se otorga a cualquiera (corramos un tupido velo en el caso de Bob Dylan, por favor). Así ocurre con Abdulrazak Gurnah, quien recibió el galardón en 2021.

Sinopsis

El desertor comienza con la historia de Martin Pearce, un aventurero y escritor inglés de finales del siglo XIX, que es víctima de un saqueo mientras realizaba una expedición por la África oriental. Es Hassanali, un comerciante de ascendencia india, quien encuentra el cuerpo magullado y tambaleante de este hombre blanco, al que no duda en ayudar y acogerlo en su hogar. Así es como conoce a Rehana, la hermana del tendero, una joven que pronto llamará su atención con su belleza y sus encantos.

Entre los temas que trata la novela están las complejas relaciones humanas, el amor paternal y filial, el racismo y la ruptura de culturas y familias por la impronta del colonialismo.

¿Quién es Abdulrazak Gurnah?

En este caso, no se puede entender la obra del autor sin su contexto. Gurnah nació en 1948 en Zanzíbar, Tanzania, y actualmente reside en el Reino Unido. En 1980 empezó sus estudios en la universidad Bayero Kano en Nigeria. Más tarde, se trasladó a la universidad de Kent en Inglaterra, donde completó su doctorado en 1982. En la actualidad, imparte clases como profesor y es director de los estudios de grado en el departamento de inglés. Sus investigaciones se han centrado, sobre todo, en el postcolonialismo, así como el colonialismo vinculado con África, la India y el Caribe.

Ha publicado un total de diez novelas y una serie de cuentos, donde el tema de la perturbación del refugiado siempre ha estado presente. Como él mismo ha contado en diversas entrevistas, salió de manera ilegal de Zanzíbar con 18 años, una experiencia que ha marcado su vida y obra. Empezó a escribir a los 21 años en el exilio inglés y, aunque el suajili era su primer idioma, el inglés se ha convertido en su arma literaria.

El escritor Abdulrazak Gurnah posa junto a su novela ‘La vida, después’

“La obra de un maestro”

Cuando leí las críticas sobre la novela en la contraportada, me llamó la atención en especial la del periódico The Guardian, que decía así: “Bellamente escrito y placentero […] La obra de un maestro”. Todavía hoy sigo creyendo que es un juego de palabras, porque tras leer la crítica completa, me di cuenta de que al periodista no le había gustado demasiado el libro. Más bien, sacaba a relucir todo lo negativo. Así que me da la sensación que “la obra de un maestro” se refiere literalmente a “la novela de un profesor de universidad”.

Por el contrario, si en algo estoy de acuerdo con las críticas de la contraportada, es que la prosa de Gurnah es muy rica en detalles y eso embellece el relato. El autor se toma su tiempo para describir la Zanzíbar precolonial, pero sin caer en descripciones nostálgicas. Además, tiene especial cuidado en no hacer totalmente accesible este mundo. En este sentido, utiliza palabras locales como mzungu (hombre blanco), simsim (sésamo) o majnoon (loco), entre otras.

Una novela descriptiva

Las descripciones de los personajes también son para ponerlas en valor, que poco dejan para la imaginación del lector al ser tan precisas. Por ejemplo: “La silueta rubia y compacta de Frederick no pasaba desapercibida con los pantalones cortos holgados, las piernas cubiertas de denso vello dorado y una pipa atrapada entre los dientes, bajo el poblazo bigote cobrizo. Martin supuso que era la viva estampa del alto funcionario colonial cuando salía de paseo, emanando una relajada autoridad”.

Lo mismo ocurre con los lugares, en los que uno tiene la sensación de habitar mentalmente durante la lectura. “En los callejones flotaba un olor inusual y sin embargo familiar, el olor a decadencia y miseria: las zanjas de las alcantarillas por las que corría el agua inmunda arrastrando desechos, las casas ruinosas que parecían desplomarse unas sobre otras, rezumando décadas de sudor condensado y aliento humano”.

En la novela se suceden también varias historias de amor. Algunas quedan atrapadas en un “casi” y otras se ven sumidas irremediablemente en un “quizás”. Parece que esas trágicas historias amorosas sean una premonición de las consecuencias del colonialismo, cuando las potencias abandonaron África en estampida, precipitadamente y de forma caótica. La gran “misión civilizadora” fracasó, como muchos de esos amores, y como también lo harían posteriormente muchos intentos de gobiernos frágiles y temblorosos. Respecto a esta cuestión, Gurnah no se queda de brazos cruzados y utiliza la ironía como recurso para exponer varias críticas.

Una prosa necesaria

Si tuviera que describir la novela de Abdulrazak Gurnah con un solo término diría necesaria. El relato de El desertor nos saca de nuestra historia europeísta para colocarnos en el punto de vista de los países colonizados, un ejercicio necesario e inevitable al que debemos forzarnos. Además, la novela está escrita en un contrapunto que enriquece toda la narración y no la hace pesada, ni siquiera con la abundancia de descripciones.

Por eso, querido lector, si en algún momento cae en tus manos este libro, te animo a que vayas más allá de la sinopsis de la contraportada y le des una oportunidad.

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Nerea

Periodista a tiempo parcial, cinéfila a tiempo completo. Nacida en la tierra de los limones, Murcia, y a mucha honra. Es friki por vocación y escritora por elección.

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