• Mar. Jul 28th, 2026

John Illsley y su vida con Dire Straits

Imagina estar tocando en uno de los lugares más icónicos de la música rock en Los Ángeles junto con tu banda. No hay mucha gente, pero sí la adecuada. Porque al terminar la actuación, el mismísimo Bob Dylan se ha levantado para felicitaros e invitaros a cenar. Pues John Illsley no se lo tiene que imaginar, porque fue lo que vivió en 1979 en el teatro Roxy. Ésta y muchas anécdotas más son las que dan forma a su autobiografía en Mi Vida con Dire Straits.

Contra todo pronóstico, una infancia feliz

En muchas ocasiones suele suceder que los artistas relatan infancias duras y familias desestructuradas. Y esto inevitablemente les lleva por dos caminos, refugiarse en las drogas o refugiarse en la música. O en ambas al mismo tiempo. Al fin y al cabo, comenzar a tocar un instrumento y dedicarle horas para poder mejorar es una buena forma de escapar y aislarte de la realidad. Sin embargo, el caso de Illsley no fue en absoluto así. Sin más problemas que los habituales en cualquier niño o adolescente, su familia siempre se esforzó en brindarle una buena educación. En ayudarle a encontrar un trabajo o apoyarle para que fuera a la universidad. Y es probable que esta crianza, acompañada de vivir en un pequeño y tranquilo pueblo moldeara parte de su sosegada personalidad.

Sin embargo esto no significa que se arriesgara en sus decisiones. Tras llevar algunos años en un trabajo estable en sus veinte, con posibilidad de ascender y aumentar sus ingresos, decidió dejarlo para mudarse a la ciudad a estudiar. Pero no con comodidades, sino viviendo la experiencia universitaria al completo. Pisos de protección oficial, trabajos temporales mal pagados y alguna que otra fiesta. Pero, lo más importante, volviendo a tener tiempo y ganas de retomar su pasión por tocar la guitarra, que había dejado un poco abandonada (aunque en Dire Straits se encargaría del bajo).

Buenas, soy Mark Knopfler

Puede parecer que relatar con detalle tantos años de juventud no tengan tanta importancia como sus años de gira. Pero nada más lejos de la realidad. Este contexto muestra en primer lugar cómo se conocieron él y Mark Knopfler, sus inicios más paupérrimos como grupo aún sin nombre, y sobre todo, cómo se desarrollaría la relación con Dire Straits a lo largo de los años, la fama y las presiones. Su amistad, casi hermandad, con Mark es algo que señala y alaba a lo largo de todo el libro. Y es que desde que se conocieron no han dejado nunca de estar juntos, e incluso en más de una ocasión han tenido parejas que previamente ya eran amigas entre ellas para poder salir los cuatro. Esta gran conexión les sirvió en su momento para entender la evolución musical del grupo y las aspiraciones de Knopfler. Así como para darse cuenta, sin siquiera tener que hablarlo, de cuándo todo había llegado a su fin.

Además, un punto importante a destacar es que, cuando comenzaron el grupo, ninguno de ellos era ya un chaval. Todos rozaban la treintena, habían tenido distintos trabajos y jefes explotadores, sabían lo que era que les estafaran dinero y les trataran con condescendencia por su juventud. Y esto hizo que sus decisiones como banda, tanto para grabar sus discos, contratar un mánager o elegir sello discográfico, fuesen muy bien meditadas.

La locura con Dire Straits

Lo cierto es que Dire Straits nunca fue una banda que ocupara titulares por sus polémicas o mala actitud, como lo hacían muchos otros grupos en los 80. Según cuenta Illsley, sus personalidades casaban muy bien, unos más tranquilos que otros equilibraban la balanza, e incluso los momentos más tensos sabían gestionarlos juntos. Y esto es algo muy importante cuando desde el minuto uno comenzaron a hacer giras. Está claro que sin internet, la mejor forma de promoción era dar conciertos allí donde quisieran contratarles. Y en su caso, pasaron de tocar en su bar de confianza a cambio de unas cervezas a ser los teloneros de Talking Heads y empezar a lidiar con un púnblico más amplio. Pero esto no les cayó del cielo, aunque bueno, en realidad un poco sí. Porque si a día de hoy conocemos a Dire Straits es gracias a la ayuda de un ángel musical disfrazado de locutor de radio: Charlie Gillett.

Gillett conducía el programa semanal Honky Tonk, en el cual daba la oportunidad de hacer sonar muchos y diferentes artistas, ya fueran conocidos o no. Su esencia era que ponía música más allá de lo que habitualmente se escuchaba en los programas ingleses en esa época. Así que Illsley decidió probar suerte y preguntarle mediante una carta si le gustaría escuchar la maqueta de su grupo. Gillett les invitó a su casa, aceptó escuchar la maqueta una vez se fueran, y si le gustaba, pondría una de las canciones. Lo que no sabían era que Sultans of Swing sonaría un domingo por la mañana, en el espacio más escuchado de la emisora. Al día siguiente media docena de discográficas querían contactar con Dire Straits.

La adicción a tocar en directo

La mayor parte de las historias que conforman Mi Vida con Dire Straits se desarrollan durante las giras. Y es que llegaron a estar recorriendo países sin descanso durante más un año seguido y acumulando más de 200 actuaciones. Con rutas preparadas que se iban agrandando según se añadían nuevas fechas y lugares. Tanto la grabación de los discos como sus giras fueron una espiral de carreteras y escenarios. Y aunque Illsley recalca que tantos conciertos se pierden en su memoria, también relata con entusiasmo aquellos que más le marcaron, para bien y para mal. Públicos violentos, fallos técnicos, impagos por la mafia, y un concierto excesivamente caluroso que hizo que Mark Knopfler comenzara a usar su icónica banda en la cabeza de ahí en adelante. Porque como bien dice John:

«Tocar en directo es una droga, natural, pero una droga, al fin y al cabo. Tocar en directo es la razón por la que Elton John va por su gira de «despedida» número 254 y por la que bandas como (Rolling) Stones y The Who, cuyo apogeo se produjo en la era de los televisores con tres canales en blanco y negro, se levantan de su sillones ergonómicos reclinables, se vuelven a colocar la dentadura y suben a los autocares de gira.»

Un regalo para los fans

He de decir que John Illsley es un narrador espléndido. Es sincero, entretenido y al mismo tiempo sabe hablar con delicadeza cuando se trata de un tema más personal. Cuenta cómo su vida sentimental se vio afectada en varias ocasiones debido al frenético ritmo de vida que tenía con la banda. Además, sabe mantener la distancia en el momento de ruptura entre los hermanos Knopfler tratando el tema como un asunto del grupo, más allá de la discusión entre ellos.

Resulta fascinante adentrarse, ya no solo en esa época casi idealizada de la música en los 80, sino en las historias que vivieron los Dire Straits. Una de las bandas más icónicas del rock. Que les ofrecieron ser cabezas de cartel en el Live Aid y se negaron porque les coincidía con otro concierto y no querían dejar tirados a sus fans. Que otros artistas del tamaño de Sting, Mick Jagger, Eric Clapton o David Bowie se han subido al escenario con ellos. Y que tocaron su última nota juntos el 9 de Octubre de 1992, ni más ni menos que en el estadio de La Romareda en Zaragoza. Mi Vida con Dire Straits es una fantástica travesía para todos aquellos amantes de la música, del rock, de los conciertos y, por supuesto, de los eternos sultanes del swing.

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Patri Bop

Editora de vídeo a ratos, friki todo el tiempo

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